Tras vencer a Finlandia con un tiro en el último segundo, la siguiente víctima, Australia, tampoco escapó de nuestras manos. Otra vez los últimos segundos, otra vez Turquía. A nuestro equipo le encantan los momentos finales: se reserva para sí el derecho a decir la última palabra. Últimamente hay tantísimas remontadas en el último segundo que no salgo de mi asombro. Sinceramente, como no creo en las casualidades, esto se puede llamar destino, providencia. Y me pongo a pensar: ¿cómo nos cambia —o, siendo concreto, cómo me cambia a mí— que los partidos se estiren hasta los últimos segundos? Contra la República Dominicana sacamos 15-20 puntos de ventaja y el partido siguió así todo el rato. ¿Estuvo bien? Claro, íbamos ganando, así que bien. Pero pasa una cosa: no es lo mismo que la euforia de ganar en el último segundo. Ganar metiendo una canasta a falta de segundos es otra cosa: no puedes quedarte quieto. Esto es lo que llaman «malo para el corazón». Ahora pienso en el equipo de baloncesto de Estados Unidos. Ganan todos los partidos por paliza. Si miras a su público, como saben que van a ganar, tampoco muestran gran emoción. Claro que si estuviéramos en su lugar, es decir, si ganáramos todos los partidos, sería estupendo. Eso es otro tema. Pero estos últimos segundos me inyectan una adrenalina tremenda. Por ejemplo, los últimos minutos de los partidos ganados sobre la bocina los reviso 5 o 10 veces, mientras que el resumen del partido contra Dominicana lo vi una vez y ya. Ganar así debe de encender más a la gente, supongo.
Además, quiero compartir una publicación que vi en Twitter y me encantó.
«¡Ese momento en que el 9 fue más grande que el 10! – Emir !!» pic.twitter.com/aObcUXJcDr— National Geographic (@birdahabak) 7 de septiembre de 2014
Iré añadiendo aquí los vídeos de los partidos al último segundo que recuerde. Que los disfrutéis.