Sobre ser retraído. Reconozco que de pequeño era especialmente tímido. Pero luego, a medida que empecé a resolver mis propios asuntos, la situación cambió y poco a poco me fui volviendo más hablador. Todavía hoy, si alguien no me habla, puede que yo tampoco hable. Pero cuando empiezo, hablo como si fuéramos amigos de toda la vida, y en la segunda conversación con la misma persona ya consigo soltarme del todo.
Ser retraído y vergonzoso te hace perder muchas cosas. Sé proactivo. Cuando digo «no tengas vergüenza» no quiero decir «sé un sinvergüenza», ¿eh? Hay que saber la medida. La energía sin medida provoca explosiones y puede dejarte daños permanentes. Es decir: no te avergüences de hablar delante de la gente. Si tienes una idea, dila en voz alta. No pienses que se van a reír de ti o que te van a vacilar. Eso sí, si eres de los que siempre están de broma, puede que se rían (jaja). Habla sin vergüenza, pero con mesura. También hay que saber callar cuando toca: hablar más de la cuenta aburre al interlocutor. Y cuando hables, tómate en serio a la otra persona, sea quien sea. Si tú la tomas en serio, ella también te tomará en serio a ti.
Si eres vergonzoso y retraído, sabiéndolo o sin saberlo, dejarás escapar algunas oportunidades por tu propia mano. Si la oportunidad se te pone delante y la pierdes por pereza, vergüenza o retraimiento, te pasarás el resto de la vida llenándote la cabeza inútilmente con el arrepentimiento de «por qué no hablé, por qué no lo dije, por qué no lo hice», y seguirás dando vueltas en el mismo sitio.
Para terminar: no tengas vergüenza. Pero tampoco seas un descarado. No dejes escapar las oportunidades. Cuidaos.