De verdad, nunca en mi vida había pasado un día tan peculiar. Salimos a las 11 de la mañana y hacia las 12:30 empezamos a grabar con un amigo por la zona del parque Gülhane, y menuda grabación. Llevamos trípode, objetivos e incluso el portátil por si nos quedábamos sin memoria. Los vídeos sumaron en total unos 35 GB. Empezamos a grabar en Gülhane y, madre mía: cada 60 segundos me reía como mínimo 2 o 3 veces. En mi vida había hablado delante de una cámara, y allí estaba yo, con todo ese equipo, en Gülhane un día festivo, grabando en medio de la multitud y de los turistas.
Empiezo a hablar con mi amigo, y en cuanto empezamos, la gente de alrededor se nos queda mirando fijamente. Señores, no miren tanto, que nosotros solo queremos terminar el trabajo cuanto antes. Es más, se nos acercó un niño y me preguntó: «Hermano, ¿en qué canal va a salir esta noticia?». Ahí ya me eché a reír. Los turistas son otro mundo: no entienden el idioma, pero se paran y se quedan mirándonos. Con tanta mirada, ¿cómo voy a hablarle a la cámara?
La gente todavía pase, pero el ruido de alrededor era terrible. La próxima vez que me meta en una grabación así, no voy sin micrófono. El sonido ambiente se tragaba nuestras voces.
Aun así, al final del día volví a casa con la ilusión y la duda de si de todo ese metraje saldría un vídeo. Por cierto, salí de casa a las 11 de la mañana y volvimos hacia las 20:00. Habíamos dicho que al llegar nos pondríamos enseguida a editar el vídeo, pero no pudo ser. Después de pasar horas delante de una cámara, no hay manera. Llegué a casa, puse la cabeza en la almohada hacia las 20:00 o 21:00 y, al abrir los ojos, era la 13:30 del día siguiente. No recuerdo haber dormido tanto en mi vida. Así de cansado estaba. ¡Cuidaos!